Rubén Limas: La huella de Rómulo – LaPatilla.com

En las distintas comunidades de Carabobo, principalmente las más humildes, se repite con insistencia la frase “éramos felices y no lo sabíamos”. Las razones para esa declaración de nostalgia por el país que teníamos comparado con el que tenemos no es más que el reconocimiento claro e indudable, de que la democracia es infinitamente superior que la dictadura para satisfacer los anhelos de los ciudadanos. Esos recordados 40 años –los únicos 40 años de gobiernos civiles – representaron un paréntesis entre la barbarie militar que tradicionalmente desangra a la patria y, pese a ser tan poco tiempo, fue allí donde se construyó un país moderno, urbano y de libertades ciudadanas. Esa remembranza, esa nostalgia popular, tiene por todas partes la huella de Rómulo Betancourt.

Los adecos recordamos el pasado 22 de febrero el natalicio de Betancourt con orgullo, sabiéndonos con derecho a llamarlo “Compañero”. De él aprendimos muchas lecciones que son un acervo político de inestimable valor, entre ellas, su persistencia. Rómulo Betancourt formó parte de la “Generación del 28”, preso y luego exiliado, combatió a Gómez, a Eleazar López Contreras, a Medina Angarita y, tras el golpe contra Gallegos, lucha contra Pérez Jiménez hasta derrocar la tiranía, construyendo las bases del sistema democrático. Enfrentó golpes militares, atentados terroristas, guerrillas comunistas y nunca retrocedió ante la adversidad. Su verbo encendido, su disciplina militante y fervor patriótico marcó el siglo XX venezolano.

Un dato a destacar fue su convencimiento de la necesidad de construir instituciones, su rechazo al personalismo y el caudillismo. Aunque la Revolución del 18 de Octubre de 1945 lo llevó al poder por medio de las armas, la primera decisión de la Junta de Gobierno fue decretar que ningún de sus miembros, incluyéndolo, presentaría su nombre a unas futuras elecciones. La siguiente decisión fue aprobar el estatuto electoral para que, por primera vez en nuestra historia, los venezolanos eligieran al gobierno de Venezuela por medio del voto universal, secreto y directo.

Tras la traumática experiencia dictatorial, entre 1948 y 1958, su rol protagónico para restablecer la democracia tuvo una palabra clave: Consenso. En una entrevista televisiva a Carlos Rangel y Sofía Imber, fue consultado sobre a qué le atribuía el “milagroso” inicio de la democracia en 1958. Su respuesta fue: “Los milagros los hacen los dioses, son los hombres los que hacen la historia considerado sus circunstancias y teniendo objetivos claros”. En esa misma entrevista reflexiona sobre la importancia del Pacto de Puntofijo en el cual los partidos demostraron su capacidad para llegar a acuerdos, los sindicatos hicieron esfuerzos por colaborar con la democracia naciente y los empresarios tomaron conciencia de los riesgos inherentes a la dictadura. Hasta los militares comprendieron lo pernicioso, para el país y para sí mismos, permitir la persistencia de un gobierno que decía gobernar en nombre del ejército pero tiranizaba en favor de una camarilla. Es decir, lo fundamental para acabar con una dictadura y evitar la recaída en la barbarie es lograr pactos, acuerdos y consensos.

Al ser Betancourt, el primer presidente electo, le correspondió la dura tarea de propiciar la aprobación de la Constitución de 1961, evitar el asalto a la democracia que pretendían tanto la extrema derecha y la extrema izquierda y, en simultáneo, desarrollar una vasta gestión social para dotar de salud, educación y bienestar a la martirizada población de entonces. Al terminar su periodo, gozado de gran popularidad, no faltaron las voces que le solicitaban buscar la reelección presidencial. Su respuesta fue un rotundo no, incluso, prefirió el auto exilio, para evitar afectar la gestión del que fuera electo como su sucesor. La enseñanza es clara, el personalismo y el caudillismo generan distorsiones que a la larga destruyen las instituciones democráticas.

El compañero Rómulo Betancourt fue un hombre excepcional, con un sentido profundo del deber. Algunos, con quién sabe qué intención, afirman que “Los Adecos se parecen a los Chavistas”. Pregunto yo: ¿Acaso pudiéramos comparar a al Maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa con Aristóbulo Isturiz? ¿Compara acaso al poeta de la democracia venezolana Andrés Eloy Blanco con Tarek William Saab? ¿Comparar a Juan Pablo Pérez Alfonzo edificador de la industria petrolera con Rafael Ramírez su destructor? Mucha más distancia hay entre el ególatra militarista Hugo Chávez y el civilista Rómulo Betancourt. “Por sus frutos los conoceréis” dice la palabra, el pueblo sabe comparar entre los 40 años de democracia civil y los 20 años de supuesta “Revolución”, allí están los frutos para juzgar con criterio y propiedad. La huella de Rómulo Betancourt es imborrable.

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Sobre el Autor

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Haber vivido e invertido en Venezuela a tiempo completo durante los últimos ocho años y haber visitado los doce años anteriores. Estudió y siguió de cerca los desarrollos en Venezuela desde 1996.